6/6/09

LA PROEZA DE HAROLD ALVA


¿Alguien busca un editor?
Harold Alva Viale ha publicado un total de 102 títulos con su
editorial Zignos a lo largo de cinco años de intensa labor. Es
decir, dos libros por mes. En un país en que el Estado no demuestra mayor interés por el quehacer cultural, esto es sin duda un gran mérito. Y convierte a Harold en un personaje.

Es sabido que la cultura y todo lo que gira alrededor de ella no ocupa un lugar preponderante en la agenda de nuestros políticos, quienes parecen más interesados en pelearse unos con otros que en ocuparse de asuntos realmente importantes para la vida nacional. Casi no se la menciona entre las decenas de promesas con que los candidatos nos atiborran cada cierto tiempo en las campañas electorales.

El Diccionario de la Real Academia Española define cultura como el "conjunto de modos de vida y costumbres, conocimientos y grado de desarrollo artístico, científico, industrial en una época o grupo social". En su segunda acepción, dice que cultura es el "resultado o efecto de cultivar los conocimientos humanos y de afinarse por medio del ejercicio las facultades intelectuales del hombre".

En esta oportunidad entenderemos por cultura a toda aquella manifestación artística y/o intelectual que llevan a cabo determinados individuos y/o grupos de individuos con el fin de plasmar, difundir y debatir ideas, sensaciones, sentimientos o inquietudes personales y colectivas de toda índole.

Sin embargo, si nuestros políticos no demuestran mayor interés en promover el quehacer cultural y artístico en el país, en cambio tenemos personas que, movidas por un genuino amor al arte, cumplen un rol que debieran cumplir los estamentos públicos.

Harold Alva (Piura, 1978) es una de esas personas. Desde abril del 2003 hasta marzo del 2004 fue representante del Fondo Editorial Cultura Peruana a través del cual promovió Perú Lee, una colección de literatura peruana cuyos libros eran vendidos a un nuevo sol. En mayo del 2004 fundó Editorial Zignos, sello con el que ha editado hasta la fecha 102 títulos.

Entre sus autores figuran Javier Valle Riestra, Ricardo González Vigil, Arturo Corcuera, Luis Alfonso Morey, el español Justo Jorge Padrón, los chilenos Oscar Saavedra, Héctor Hernández Montecinos y Felipe Becerra, el guatemalteco Alan Mills, los mexicanos Alejandro Tarrab, Estrella del Valle y Abril Medina, y el ecuatoriano Ernesto Carrión, entre otros.

En 1998 publicó el primer libro de poesía de propia autoría y desde entonces van seis. Este año ha sacado su primera novela, Burdel (Altazor, 2009). Es el director del Festival Latinoamericano de Poesía País Imaginario. Ha publicado además las antologías de poesía Los Diez (El Santo Oficio, 2006), 18 Poetas Latinoamericanos (Zignos, 2006) y Literatura de Piura (FECP, 2007).

Sus poemas han sido traducidos por Anthony Seidman para The Bitter Oleander (New York) e incluidos en diversas antologías. Ha participado en festivales de poesía en Chile, Guatemala y El Salvador. Actualmente prepara el II festival de Poesía País imaginario y la edición de Cosmological Me, del poeta chileno radicado en Estados Unidos, Luis Correa-Díaz.

HAROLD ALVA EN SUS PROPIAS PALABRAS

¿Qué dificultades ha encontrado al momento de editar y publicar libros?

Son varias, pero una de las principales es la ausencia de lectores. Antes creía inocentemente que el peruano no leía por el precio de los libros. Con una mayoría preocupada por satisfacer necesidades urgentes, parecía obvio que el libro se convirtiera casi en un objeto de lujo. Pero después me di cuenta de que se trataba más bien de la ausencia del hábito de leer.

No es la única dificultad que Harold ha hallado en su camino de editor. Otra es el sistema de distribución de los libros. Las librerías grandes están concentradas en vender títulos y autores que se promocionen bien y que de manera previsible se puedan vender, independientemente de la calidad de su contenido.

¿Por qué cree que suceda esto?

Las librerías son empresas y como tales deben vender libros para sostenerse. Esto es normal. Pero también sería recomendable que de vez en cuando apostaran por autores que no tienen la difusión de los autores mediáticos que en algunos casos son inventados por las grandes transnacionales. Yo no me trago el cuento de que, por ejemplo, Gisela Valcárcel haya escrito su biografía. Es un personaje que vende, pero ella no ha escrito ese libro. Ahora mismo, Magaly Medina, Angie Jibaja, ¿escritoras?

Una tercera dificultad que Harold considera relevante es el papel que juegan los medios de comunicación como difusores de la cultura. La prensa casi no dedica espacio para la literatura, salvo las páginas especializadas. En la radio y en la televisión el panorama tampoco es alentador. Harold lo toma con cierto ácido humor.

Tendrías que ser hermano de Jaime Bayly para que te entrevisten en la televisión. Y en el canal del Estado, con suerte Hugo Neyra comenta un libro en los cinco minutos que tiene en Presencia Cultural, y Marco Aurelio Denegri analiza clínicamente al libro.

¿De qué manera podría apoyar el Estado la difusión de la cultura?

El Estado, llamado a ser el gran promotor cultural, debería primero preparar una política cultural. Increíblemente, no la tiene. Han pasado tres años de gobierno y el presidente (Alan García) ni siquiera ha tenido un gesto que demuestre que el tema le interesa. Recuerdo su campaña del 2001, cuando se comprometió a entregarle a la juventud el canal del Estado para que hiciera programas culturales y artísticos.

Nada de eso sucedió. ¿Ahora qué tenemos en el 7? Transmisiones de los 'compañeros' en el Congreso. García mañana, tarde y noche. Noticias parcializadas. Lorena Caravedo con Nicolasa. Incluso se levantó Vano Oficio, el único programa de literatura que había en el Perú.

La molestia de Harold es compresible. Hace meses e incluso años se habla de la creación de un Ministerio de la Cultura que resolvería las deficiencias del Estado a ese respecto. Se levantaron voces a favor y otras en contra. Un Ministerio de la Cultura traería más burocracia, decían unos. Habría por fin un representante con rango ministerial ocupándose del trabajo intelectual y artístico en el país, afirmaban otros. Harold Alva también tiene su opinión, desde luego.

Alguna vez alguien me convocó para que reuniera a un grupo de intelectuales jóvenes con el objetivo de preparar y presentar un plan que esbozara los lineamientos de este ministerio. Supongo que las libertades que exigimos no le gustaron al emisario, porque nunca volvió a llamarnos. Ahora sé que el tema se trata a puerta cerrada. Imagino que, si se aprueba, la noticia será una sorpresa, sobre todo para quienes sí estamos realmente involucrados en promover la cultura. Será casi tan sorprendente como cuando se anuncie la inauguración del Museo de la Literatura, de cuya gestación también tengo conocimiento.

¿La gente en el Perú lee?

La gente en el Perú, seamos sinceros, no lee. Por eso el Estado está obligado a organizar una gran cruzada para sembrar el hábito de la lectura no solo en nuestros jóvenes sino en todos los peruanos. Hace seis años participé en una cruzada por la democratización y la masificación del libro (Perú Lee), y en un mes y medio logramos vender, al precio de un nuevo sol, 150,000 ejemplares de literatura peruana.

Esta iniciativa, que debió tener el apoyo de las autoridades estatales o de alguna empresa privada, fue sofocada al poco tiempo. Nadie nos apoyó. Las municipalidades, a excepción de Los Olivos, Magdalena, Comas y Trujillo, en vez de facilitar alguna de sus plazas públicas para fortalecerla, prohibieron los permisos para continuar.

Por otra parte, Harold considera que sí existe una "movida cultural" en Lima. La movida del Centro de Lima, con los poetas que se reúnen en el bar Yacana del jirón de la Unión. La movida de Barranco y los recitales de poesía que se hacen de vez en cuando en los bares culturales La Noche, Mochileros o el Sancho Panza. Sin embargo, lamenta que poetas y escritores adolezcan de un común denominador que los articule y que constituya "la gran movida".

Nadie hace nada por constituir un movimiento que los agrupe y legitime sus derechos. Los del Frente Nacional de Escritores están peleados con quienes tienen contactos en los medios. Estos no están enterados de la existencia del Frente. Se trata de una cadena de contiendas que quizás sea el motivo debido al cual el Estado no se interese por definir políticas culturales. Yo prefiero mantenerme al margen de todo esto.

¿Qué autores prefiere?

Crecí leyendo a Dumas, a Gorki, a Kafka. Me enamoré de la novela con Víctor Hugo. Aprendí a escribir poesía con Artaud, con Sexton, con Westphalen. Me gustan los autores de vidas extremas. Supongo que inconscientemente cada uno escribe su propia leyenda. Aunque a veces prefiero a los filósofos en vez de Lorca o Alberti. Me quedo con Sartre, Jasper, Heidegger o Bobbio, por ejemplo.

Harold dice que no gana dinero editando libros, pero que alguien tiene que hacer esa tarea. Afirma que es feliz ejerciendo su rol de puente. Sin proponérselo, ha editado 102 títulos. Está terminando de corregir su segunda novela y escribiendo, además, "La tristeza del Zorro Plateado", una novela inspirada en la vida de su padre: "un policía de los antiguos, un código uno, un hombre para quien el honor sí era su divisa".

Después de un año ha retornado a la dirección de Zignos, satisfecho porque en esos meses ausente, Flor Béjar, quien se quedó a la cabeza, editó, entre otros, "Bagual", el libro del Premio Roberto Bolaño de Novela de Chile 2006, Felipe Becerra.

También tiene listo "Post Mortem", su último poemario. Además está trabajando en lo que será el II Festival de Poesía País Imaginario. Por si fuera poco, editará 17 libros de 17 de los poetas jóvenes más representativos de América Latina. ¿Qué vendrá después de eso? Harold sólo sonríe, pero es fácil adivinar. Libros. Más libros.

BURDEL

¿De qué trata Burdel?

Burdel narra la historia de dos jóvenes abogados que participaron en las marchas contra Fujimori, los años 99 y 2000. Una vez caído el régimen, ambos intentan hacer política y en el camino recorren el lado oscuro de los partidos, el canibalismo de las cúpulas y de los grupos de poder, entre otras cosas. En un momento de la historia, Rodrigo, uno de ellos, se convierte en emo, esos chicos de aspecto triste. Esteban, el otro, se transforma en un sujeto oportunista y frío, a quien poco le importa lo que suceda con el país. Se trata de dos víctimas de nuestra sociedad. La historia es narrada por Máximo Vitale, amigo de ambos y personaje principal de "Asesino", la novela que en este momento sigo corrigiendo.

¿Se podría decir que Burdel es una novela política?

Sí. Se podría decir que es una novela política, pero no solamente una novela política. Creo que tiene otro tipo de ingredientes particulares que aporta cada personaje. Hay amor, deseo, algo de violencia, cinismo, en fin. Tendrían que leerla.

¿Cómo ve el actual gobierno de García?

Este gobierno necesita comunicar mejor lo que está haciendo. Si bien es nulo en política cultural, sería injusto afirmar que económicamente estamos mal encaminados. Le quedan aún dos años en el poder. Afortunadamente no estamos ante el típico presidente candidato. Sin embargo, algo huele mal en su círculo. Huele demasiado a (Agustín) Mantilla. Creo que la población necesita un gesto. Si no, se les deja la cancha limpia a Keiko (Fujimori) y al candidato antisistema.

¿Se refiere a Humala?

Sí.

¿Cómo vislumbra el panorama electoral a dos años de la campaña?

Deprimente. Aunque estoy convencido de que Ollanta no ganará, temo que Keiko sí lo haga. Sería absurdo que ganase alguien cuya única propuesta es indultar a su padre, alguien que representa el latrocinio contra el que salimos a protestar los años de la corrupción.

Es urgente hacer algo para impedir que Keiko gane. No creo en las encuestas. No creo que solo tengamos a Castañeda, Ollanta, Lourdes o Keiko. El Perú tiene y merece otras opciones. Hay que trabajar en ellas. Los peruanos responsables estamos hartos de presenciar cada cinco años el mismo circo electoral. Es hora de asumir nuestros deberes ciudadanos y hacer algo para que la catástrofe no suceda.

EXTRACTO DE BURDEL 3

El Scarlet�s fue la zona de movimiento adonde lo condujo el taxista. Dejaron atrás la vieja Lima. Ingresaron por la panamericana norte hasta el óvalo Naranjal. Esteban miraba sorprendido lo enorme de esta ciudad a la que arribó hace algunos años. Era curioso, escogió Lima por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, quería egresar de allí y destacar como abogado; ahora, a sus treinta y tres, cubiertas sus expectativas, intentaba escapar a cualquier acción que tenga que ver con el derecho.

El auto se detiene frente a un edificio en cuya fachada había un cartel con la imagen de Maribel Velarde, la vedette que durante la última semana fue portada de los diarios chicha. Recordó al gordo con quien la involucraban. Baja del taxi. Se detiene en la puerta. Enciende un cigarrillo, inhala, coloca la mano izquierda en su cintura y otra vez observa el cuerpo de la vedette, la imagina practicándole un felatio. Exhala.

Uno de los miembros de seguridad le indica detenerse, el otro lo revisa, tá limpio, le dice, apague su celular, cancele en caja, Esteban se acerca a la ventanilla, Veinte soles, incluye un trago de cortesía, sonríe. Incluye un trago y un condón de cortesía. Adelante, una puerta de dos hojas lo separa del paraíso. Está a punto de empujarla, de pronto, sobre el vidrio, aparece el rostro de su mujer, voltea, mira el pasadizo, sabe que no es Betty, cierra los ojos, empuja con fuerza, los abre. Adentro, un ejército de sensuales anfitrionas, le da la bienvenida.

La barra está a su derecha, pide un cuba libre. Hay dos escenarios, al fondo, en el grande, una chica se desnuda haciendo acrobacias en el table; en el otro, dos féminas de pie, están inmóviles, como estatuas. El local está lleno. No hay mesas. Se instala contra la barra. Fue por una crónica, no saldrá de allí hasta registrar algo memorable.

Pidió otro cuba. La última vez que pisó un nigh tclub fue en Trujillo, tenía 19 años. Con su amigo, el Dr. Guerra, eran asiduos visitantes del Bagdad, del Manhattan, delBurbujas, del Start Light. Recordó la noche en la que casi llora en la oficina del administrador del Manhattan. El Dr. le dijo que invitaría la entrada y solo el primer trago, pero Esteban se emociona con el lomo arequipeño que se sienta sobre sus piernas y, olvidándose de la advertencia, feliz porque le sacó el teléfono, pidió más de la cuenta. Con su cara de lorna le suplicó al Dr. que le preste algo de efectivo, ante la negativa, fue donde el administrador para empeñarle su carné universitario. Previa puteada y después de jurar que nunca más se excedería, Guerra pagó la cuenta.

Al día siguiente, marca el número que le dio la arequipeña ¿Quién contestó? Obvio: la operadora de la perrera municipal.

Ahora estaba en otro escenario. Otro contexto. Nada que ver con la avenida América Norte, esto era Los Olivos, el emergente distrito que cobija en sus entrañas varios puteríos. Bebe otro sorbo, apaga el cigarrillo. Sus ojos se detienen en la figura de una hembrita salida de algún western. Ahora la ve nítida. Usa sombrero, un pañuelo rojo cubre su cuello, le ha hecho un nudo a la camisa a la altura del abdomen, el pantalón se pierde dentro de las botas. Lo mira mordiéndose el lado derecho del labio inferior. Le hace un guiño. Pasa a su costado. Lo pellizca. Esteban reacciona, voltea, la sujeta del brazo.

Siéntate, le señala el banco al lado de la barra. Ella otra vez muerde su labio. Acepta. Él la mira extasiado, la compara con Betty, su mujer es una reina, sin embargo, nueve años aplicándole, fueron suficientes para herirles el deseo. Esa zorrita es carne nueva ¿Cómo te llamas? Acariciándole la mejilla. Diana. Le retira disimuladamente la mano. Esteban entiende su reacción ¿Qué vas a tomar? Ella de nuevo sonríe, acaricia el cuello de su camisa. Una piña colada. Había decidido levantarla.

Le pregunta su precio, pero, antes que le responda, un enano vestido elegantemente, le señala una mesa. La reconoce: es Rubí Carbajal, otra vedette, caserita de los programas de farándula. Está sola. Rubí lo saluda, le envía un beso. Dice que se va contigo por 250 lucas cholas. Trasmite el enano. Esteban no sabe qué responder. Rubí Carbajal es un hembrón, piel blanca aporcelanada, a él que le fascinan las blancas, pelo largo, con rizos, casi rojo. Estaba con la pierna cruzada, inclinada hacia adelante, obsequiándole un panorama de su escote impresionante. Las medias de nylon con cuadritos, los zapatos taco quince, los guantes cubriéndola desde los codos: la alucina una estrella porno.

60 soles, la media hora, sin apuros, contesta Diana. 180 y se va contigo. El enano. Acaba el cuba. Enciende otro cigarro. Mudo. ¿Vamos? La zorrita con tono de cojuda.Esta es tu noche, huevón, cien y es tuya. Esteban como un autómata le entrega las cien lucas y camina hipnotizado. Rubí se pone de pie, lo toma de la mano y desaparecen por el pasadizo al otro lado de la puerta. Imbécil, le dice la zorrita. El enano coge la piña colada. Mira a la chica del table. Ríe. Se felicita por su hazaña.

por Cristian Velasco |

4/6/09

La historia de un ojo morado---García Márquez, Vargas Llosa

Se acuerdan de esto:

La historia de un ojo morado

Posted in García MárquezVargas Llosa by editorjc on 8 Marzo 2007
 En 1974 Mario Vargas Llosa le dio un puñetazo a Gabriel García Márquez, cuando éste se le acercaba para saludarlo con un abrazo. Narración hasta ahora inédita contada por al autor de la foto.
Rodrigo Moya
Tal vez Gabriel García Márquez sea el más popular de los mortales, porque es asombrosa la cantidad de gente que en una reunión o fiesta cualquiera se refiere al escritor como ”el Gabo”, como si lo conociera de toda la vida o fueran primos hermanos del premio Nóbel.
Algunos hasta hablan de él como “el Gabito”, pero en más de una ocasión he descubierto a ciencia cierta que dicha familiaridad es ficticia, y que quienes lo tratan con tal confianza quizás lo han leído de cabo a rabo, pero nuca han cruzado una palabra con él.
Mi madre, Alicia Moreno de Moya, sí que podía referirse a Gabriel García Márquez y a Mercedes Barcha, su esposa, como amigos muy cercanos, y referirse a él como mi Gabito o Gabo de mi alma, y a Mercedes como Meche linda, o mijita linda, y en medio de cualquier diálogo soltar un ¡eh Ave María!, o unos más contundentes carajos y varios pendejos, que a veces eran de cariño, y a veces simplemente una especie de sustantivo o calificativo de difusas connotaciones.
Y es que Alicia era una colombiana de Medellín, una antioqueña de pura cepa, una auténtica paisa, como la definía el propio García Márquez. El y Mercedes la querían como una de los mejores representantes de la colombianidad en México, por allá a principios de los años 60 del siglo pasado, cuando lo conocí en aquella casa de mi madre que era una especie de embajada paralela de Colombia en México, cuando la oficial estaba ocupada por los militares de la dictadura en turno.
En alguna de aquellas fiestas de intelectuales y artistas de destinos aún inciertos, el tal Gabo no me cayó muy bien que digamos. En plena reunión él se tendió en uno de los largos sofás, la cabeza apoyada en el brazo acodado, y desde esa posición como de marajá aburrido sostenía escuetos diálogos, o emitía juicios contundentes o frases entre ingeniosas y sarcásticas.
Estaban aún lejos Cien años de soledad y el premio Nóbel, pero el paisano de mi madre se comportaba ya con una seguridad y cierta arrogancia intelectual que no a todos agradaba. Poco después leí La hojarasca, y luego Relato de un náufrago, y El coronel no tiene quien le escriba, y todo lo que escribiría a lo largo de los siguientes casi 50 años, y entendí entonces porqué aquel tipo de bigote y gestos como de fastidio y pocas pero contundentes palabras como de frases célebres, podía recostarse en el sofá en medio de una ruidosa tertulia y decir lo que le viniera en gana.
Por aquellas tertulias en la casa materna fue que tuve cercanía amistosa con García Márquez, con Mercedes y sus hijos adolescentes, Rodrigo y Gonzalo. Yo sí tenía el derecho de llamarlo Gabo, pero nunca llegué a llamarlo Gabito, pues de alguna manera lo he visto como un gigante al que no le van los diminutivos. Siendo fotógrafo y amigo, no le pedí alguna vez que posara para mí, y cuantas veces los visité en su casa fue sin la cámara en el hombro. Ahora tal vez me arrepiento.
Por eso, fue natural que el 29 de noviembre de 1966 el Gabo apareciera por mi apartamento en los Edificios Condesa para que le tomara algunas fotografías para ilustrar la solapa o la contraportada del libro que había terminado después de dos años de trabajo, y estaba ya en manos de los editores. Llegó acompañado de nuestro mutuo amigo Guillermo Angulo, quien había sido mi maestro, pero en esos años trabajaba como cónsul de Colombia en Estados Unidos.
El saco que había escogido Gabo para aquella sesión era despampanante, y estuve tentado de sugerirle mejor una foto en camisa arremangada o prestarle una de mis chamarras, pero usaba la prenda con tal naturalidad que adiviné que la amaba y así las fotos se hicieron a su manera. La foto era para Cien años de soledad, cuya edición se preparaba en Buenos Aires. Pero nadie sabía, quizás ni él mismo, lo que ese título significaría en la historia de la literatura.
Casi 10 años después, el 14 de febrero de 1976, Gabriel García Márquez volvió a tocar el timbre de mi casa, ya por distintos rumbos, en la colonia Nápoles, para que le tomara otras fotografías. Esa vez lo notable no era el saco de cuadritos, sino el tremendo hematoma en el ojo izquierdo y una herida en la nariz, causada por el puñetazo que dos días antes le había propinado su colega y hasta ese momento gran amigo Mario Vargas Llosa.
El Gabo quería una constancia de aquella agresión, y yo era el fotógrafo amigo y de confianza para perpetuarla. Claro que pregunté azorado qué había pasado, y claro también que Gabo fue evasivo y atribuyó la agresión a las diferencias que ya eran insalvables en la medida que el autor de La guerra del fin del mundo se sumaba a ritmo acelerado al pensamiento de derecha, mientras que el escritor que 10 años después recibiría el premio Nóbel, seguía fiel a las causas de la izquierda.
Su esposa Mercedes Barcha, quien lo acompañaba en aquella ocasión luciendo enormes lentes ahumados, como si fuera ella quien hubiera sufrido el derechazo, fue menos lacónica y comentó con enojo la brutal agresión, y la describió a grandes rasgos: En una exhibición privada de cine, García Márquez se encontró poco antes del inicio del filme con el escritor peruano.
Se dirigió a él con los brazos abierto para el abrazo. ¡Mario…! Fue lo único que alcanzó a decir al saludarlo, porque Vargas Llosa lo recibió con un golpe seco que lo tiró sobre la alfombra con el rostro bañado en sangre. Con una fuerte hemorragia, el ojo cerrado y en estado de shock, Mercedes y amigos del Gabo lo condujeron a su casa en el Pedregal.
Se trataba de evitar cualquier escándalo, y el internamiento hospitalario no habría pasado desapercibido. Mercedes me describió el tratamiento de bisteces sobre el ojo, que le había aplicado toda la noche a su vapuleado esposo para absorber la hemorragia. Es que Mario es un celoso estúpido, repitió Mercedes varias veces cuando la sesión fotográfica había devenido charla o chisme.
Según los comentarios que recuerdo de aquella mañana, mientras ambas parejas vivían en París los García Márquez habían tratado de mediar los disturbios conyugales entre Vargas Llosa y su esposa Patricia, acogiendo sus confidencias. Como suele suceder, los consejos o comentarios de la pareja colombiana rebotaron hacia Vargas Llosa cuando éste volvió al redil y se reconcilió con su esposa.
Y lo que sea que se hubiese dicho o sucedido, el caso es que el peruano se sentía gravemente ofendido, y su furia la resolvió de aquella manera expedita y salvaje. Guarda las fotos y mándame unas copias, me dijo el Gabo antes de irse. Las guardé 30 años, y ahora que él cumple 80 años, y 40 la primera edición de Cien años de soledad, considero correcta la publicación de este comentario sobre el terrorífico encuentro entre dos grandes escritores, uno de izquierda, y otro de contundentes derechazos.


* Rodrigo Moya nació en Colombia en 1935 y se naturalizó mexicano. Es uno de los fotógrafos más importantes en la historia contemporánea. Entre su trabajo destaca la documentación de los movimientos guerrilleros, incluido un libro con material hasta aquel entonces inédito de fotografías del Che Guevara, y su colaboración con Salvador Novo en trabajos de crónica urbana
Nota: Tomado de el diario La Jor

2/6/09

Poemas de: JOSE LUIS RAMOS FLORES


Aqui les dejo al poeta José Luis Ramos y tres poemas de su autoria esperando disfruten del variado matiz de sus letras, desde lo prufundo de su alma y la tierra de Puno.

Aqui estan sus recuerdos - su resistencia por la poesía y el surgir de los pueblos.

Saludos poeta.

 W.G.P


¿EL POETA MORIRA?

¡He visto morir!

Aún laten sus sandalias

¡No ha muerto!

Adulciga  el monocorde latir

Del incólume verso empuñada

En el camino larval,

Ata las lilas por venir

Un llanto un poeta

Abatiré los ultrajes

Desde los fragmentos

De la ribera humana,

Hunde tus cenizas

Olvida el sarcasmo del olivo

Antes de arrancar tus días

¡Poeta Jalquino mi existencia!

Por ti la lluvia emprende

Su marcha final.


Watanabe de piedra

¿Cómo disolver la piedra

Alada de watanabe?

Si de la mantis religiosa

Brota un algarrobo

En madrugadas  de Abrahán

¿Por qué buscar 

A los inmortales de Li Tai  Po?

¿Por qué pintar

 A las oropéndolas

Con alas cortadas por la lluvia?


Mujer indígena


Exiliados nuestras primaveras

Cayeron pausadamente en el olvido

 

¡Mujer indígena, de corpiño virginal!

Se abren tus huellas de polinesia

Apaga mi fogón al amanecer

Si aún anidas tu mirada de miel.

 

¿Cómo saber el destino

De nuestras golondrinas?

Si sucumbió  abatido

Ante tu mirada triste y vacio

 

Cabalgamos el intenso fuego

Hasta abrir el infierno del amor

Mariposa de ceniza amargo

Echare mis velas  del adiós.


JOSE L. RAMOS FLORES 

quechua aymara, lampa, Peru

Para saver más hacerca del autor visita:

http://zorrosdearriba.blogspot.com/


Eduardo González Viaña: "De verdad, César Vallejo en los infiernos"



DE VERDAD, VALLEJO EN LOS INFIERNOS


 

“César Vallejo escuchó los pasos de su madre trajinando en la cocina y tarareando una canción. Su voz era sobrenatural. Iluminaba los espacios y hacía que se perdieran el peso y la densidad de los objetos.

 Escuchándola, y sin darse cuenta, César dejó caer la taza de café y aquella no hizo ruido al chocar contra el suelo. Cuando la madre caminaba cantando, el mundo recuperaba la naturaleza musical de su origen. La luz se partía. Los arroyos y las montañas, el viento y los árboles parecía que cantaban. Llegaba la noche, y hasta la luz de la Luna comenzaba a temblar.”

-Ahora, no me diga usted que este libro es cien por ciento real- me reclama un periodista italiano con motivo de la edición de mi novela “Vallejo en los infiernos” en ese idioma.

 Acaba de leer en voz alta el fragmento anterior, y, aunque lo considera bello, le fastidia que una taza de café no haga ruido al chocar con el suelo.

-No.  No es real.-respondo.

- Ah… ¿Admite usted que lo que escribe no es real?

-No es real una vez. Lo es dos, tres y muchas veces más.

Lo digo por varias razones.

 La primera: Como lo denuncio en mi novela, César Vallejo fue en realidad un preso político y un candidato a pasar largo tiempo en la cárcel o a morir de súbito castigado por sus ideas socialistas. Los críticos y comentaristas de su obra suelen dedicar sólo unas líneas breves –y a veces mezquinas- a este hecho, que es fundamental en la gesta de “Trilce” y en la comprensión de ese libro y del propio país que le da origen.

Nuestro poeta fue testigo y denunciante de un acto criminal ocurrido en Santiago de Chuco, su pueblo, (1920) cuando azuzados por los poderosos, los gendarmes acantonados allí se levantaron en armas, intentaron eliminar a las autoridades locales y asesinaron a un intelectual amigo del poeta. Con piedras y con sus propias fuerzas, los vecinos impidieron que aquello se convirtiera en un genocidio.

La acción judicial fue iniciada contra los gendarmes y sus instigadores. Sin embargo, movida por fuerzas misteriosas, la Corte Superior de Trujillo la convirtió en una investigación judicial contra los denunciantes y las propias víctimas. El juez ad hoc enviado al lugar de los hechos festinó trámites, fabricó pruebas, inventó personas, dibujó firmas de personas ausentes y, bajo tortura, obtuvo la confesión de un supuesto autor material de los crímenes quien decía haber sido armado por Vallejo.

Cuando el abogado del poeta, pidió que el supuesto sicario fuera llevado ante la Corte de Trujillo, la “justicia” lo envió atado al lomo de una mula bajo custodia armada. A la mitad del camino, sus captores lo bajaron del animal y lo mataron a balazos aduciendo que había intentado huir.

Por casualidad, el juez ad hoc era también abogado de poderosas empresas donde habían estallado sublevaciones sociales, Casagrande, que en vez de salarios ofrecía coca y raciones de comida a sus trabajadores, y Quiruvilca, la mina donde miles de indios eran empujados a trabajar 20 horas al día hasta la extenuación, la tuberculosis y la muerte.

En la Universidad de Trujillo, había nacido entonces una generación de jóvenes intelectuales atraídos por el socialismo, por el anarquismo o por la sola idea cristiana de liberar a los oprimidos. Las grandes empresas y sus agentes querían escarmentarlos, inventarles algún sambenito y eliminarlos físicamente si fuera posible. Vallejo fue la víctima escogida, el incendiario, el terrorista de la época.

La segunda razón para aducir la realidad de mi novela es algo que no se suele contar: Vallejo, uno de los grandes poetas de la lengua castellana en el siglo XX, no pudo regresar jamás a su país. Si lo hubiera hecho, habría sido conducido de inmediato a los infiernos de alguna cárcel tremebunda. Ello se debe a que el proceso penal instaurado contra él nunca se extinguió, y sus enemigos anduvieron todo el tiempo buscando la extradición.

Los comentarios académicos obvian este hecho, y aluden a una risible “pasión metafísica” su imposible retorno.

La tercera razón, por fin, es que lo que fue real en 1920 se repite hasta la saciedad en nuestro tiempo. Quiruvilca, -denunciada por Vallejo en su “Tungsteno” y evocada  en mi libro “Vallejo en los infiernos”- se parece entrañablemente en los días actuales a Yanacocha.  Esta mina de oro, la más rica del mundo, se encuentra ubicada en Cajamarca, una región “vallejiana” en la que el setenta por ciento de la población padece extrema pobreza. Las denuncias de contaminación son frecuentes. Por fin, los sacerdotes que encabezan la protesta son amenazados de muerte y perseguidos por una banda de forajidos en estrecha relación con el cuerpo de seguridad de la mina.  

-Amigo Gianluigi.- le digo al periodista. -Tiene usted razón. “Vallejo en los infiernos” no es real una vez. Lo es una y otra vez. Espero que no por mucho tiempo. Y también es real que un facineroso a sueldo, armado de un martillo, esperaba al poeta para acabar con él en las oscuridades del calabozo donde pasó su primera noche.

Esas son realidades diabólicas. Otras, y muy diferentes son las realidades poéticas. Y por obra de ellas, es verdad que la taza de café se quedó flotando.  Y también es verdad que:

“Cuando la madre caminaba cantando, el mundo recuperaba la naturaleza musical de su origen. La luz se partía. Los arroyos y las montañas, el viento y los árboles parecía que cantaban. Llegaba la noche, y hasta la luz de la Luna comenzaba a temblar.”


Eduardo González Viaña,

Perú

De: BOSQUE DE PALABRAS

1/6/09

COMETA DE PAPEL



Gracias al escritor Alberto Calderón por el envio del nuevo número de la revista "Cometa de Papel " y por agregar uno de mis poemas en la revista que dirige y que ya lleva como dice en ella 14 años publicándose en la calurosa Ciudad de Tacna- saludos poeta y hasta el proximo número.

W.G.P

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REVISTA DE POEMAS Y NARRACIONES

N° 59  abril- junio 2009
 
Director: Luis Alberto Calderón



A VECES EL VIENTO

A veces el viento
viaja
           como triste pasajero
y como peregrino
           del tiempo
se aloja
en nuestro cuerpo
como un padre nuestro.
A veces
el viento
a su paso
te da un beso
en el alma
y te dice
adiós
con su silencio.


VELOZ COMETA

Entre estrellas
lunas y planetas,
veloz surca el cielo
el vello cometa.
El cometa vuela
como pájaro de fugo;
y como violín de mísica
va dejando en los cielos
su fina caballería rubia;
va dejando en los cielos
una larga estela de lluvia
que derrama
coloridas serpentinas
y luces de fruta
en el techo acaramelado
de la tierra.

Luis Alberto Calderón
(Tacna-Perú)


31/5/09

La última tradición de don Ricardo Palma de Tirado Gálvez Jorge.







Libro de seis cuentos. En el meollo y animación de los cuentos, aflora (...) el pálpito y la respiración del pueblo y, mejor aún, a veces ese asombro y orgullo por la milenaria cultura
nacional, donde las costumbres, fiestas y rituales seculares o sino el amor, la historia y la defensa de nuestro legado cultural, son motivo del asunto dramático que trasmina en la pugna dialéctica de los antagonismos que propician los personajes en la inmediatez y dinámica de sus diálogos y tramas. 

(Cronwell Jara) 

FOTOS DE LA PRESENTACIÓN DE LA ANTOLOGÍA EN LIMA, PERÚ



Fotos al final de la presentación de la antología "Madrid: una ciudad, muchas voces" llevada a cabo el 30 de abril en la Casa de la Cultura de la Municipalidad de Jesús Maria -Lima, Perú- con los amigos en poesía. En el centro, el poeta Juan Soto al lado de Mavi Márquez -promotora cultural- y la madre del poeta Evgueni Bezzubikoff. Asimismo, los presentadores Miguel Ildefonso, Johnny Barbieri acompañados de los escritores José Pancorvo, Carolina Fernández, Ofelia Huamanchumo, Rodolfo Ybarra, Héctor Ñaupari, Paco Moon, William Gonzales, entre otros. Esta presentación es continuación del ciclo de poesía MADRID: "UNA CIUDAD, MUCHAS VOCES" coordinado por la poeta ayacuchana, Nora Alarcón, el madrileño Antonio Ruiz y el barranquino, Juan Soto bajo la organización de la ONG Promoviendo.
El poeta Miguel Ildefonso se apresta a leer algunos poemas de la antología.
El poeta Johnny Barbieri en el uso de la palabra.

De iz. a der.: Miguel Ildefonso, Johnny Barbieri, Mavi Márquez y Juan José Soto.

visita:

30/5/09

BENEDETTI : LA PRESENTE SOLIDARIDAD HUMANA

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(a propósito de una carta inédita de M.Benedetti)

 

 

por juan cristóbal

 

Corría el año 1976, gobierno de Morales Bermúdez, llamado por Jorge Basadre, “El felón”, cuando ya había comenzó una purga en el aparato estatal, llamada eufemísticamente, “flexibilización laboral”. La CITE (Comité Intersectorial de Trabajadores Estatales), fundada en 1975, daba una dura batalla, tanto legal como en las calles, pero igual salieron miles despedidos. Yo trabajaba en INIDE, una rama autónoma del Ministerio de Educación, donde, junto con otros amigos, fundamos el sindicato respectivo. De nada valió, seguimos la misma suerte.

 

Como ya tenía responsabilidades familiares, comencé hacer algunos trabajos ligados a mi actividad literaria: vender libros, colaborar en algunos medios de comunicación, corregir pruebas, etc. Fue cuando se me ocurrió, junto con otros dos amigos, que lamentablemente no terminaron la tarea por problemas personales, escribir un libro sobre el Apra, que finalmente se llamó “¡Disciplina, compañeros!”(Ed. Debate Socialista, 1985). Era un libro basado en una serie de testimonios de exapristas no públicos, que habían tenido importantes responsabilidades en diversos niveles de militancia, que se habaían apartado por la traición de su jefe. Cuando conversaba con Héctor Cordero Guevara, uno de los testimoneadores, me mostró un documento el cual había sido el orígen de su separación. Era una crítica a las tesis filosófica del apra, el espacio-tiempo histórico. El documento se titulaba “Aprismo, Espacio-Tiempo Histórico y Marxismo. Crítica teórica de las tesis de Haya de la Torre”. El documento fue primero de circulación interna y luego se editó muy limitadamente en enero de 1958. Como me pareció importante dicho texto, tanto por su consistencia teórica, como por el momento en que se desenvolvía la política del país, donde el apra, con Haya a la cabeza, pedían una nueva Constitución, en dura pelea con la izquierda, que ya era una importante fuerza en el país, le pedí a Cordero editar dicho texto. Lo cual fue aceptado. Asi fue como vio  a luz la segunda edición, en mayo de 1979, a través de la editorial Mantaro, de Carlos Matta, con el nombre de “Crítica marxista del Apra”. La acogida fue inmediata. Se vendieron rápidamente los mil ejemplares. No sé si se volvieron a sacar nuevas ediciones.

 

Producto de esta experiencia, se me ocurrió incursionar en el terreno editorial, pero más ligado a la literatura. Por aquellos años, estaba en el país exiliado el novelista uruguayo Mario Benedetti, que había tenido que salir primero de su país y luego de la Argentina de Rafel Videla. Escribía en el diario Expreso una columna diaria titulada “Esta América”, la cual tocaba dos grandes temas generales: culturales y políticos. En 1981 -después de ser deportado del país por Morales Bermúidez, un 22 de agosto de 1975, luego de darle el golpe a Velasco Alvarado como lo cuenta en su novela “Primavera con una esquina rota”, en el capítulo llamado Exilios (Invitación cordial)-, se me ocurrió editar todos los artículos que había escrito y que los había y tengo guardados, El editor, Carlos Matta, aceptó la propuesta, pero me dijo, “tienes que sacarle autorización”. Yo había conocido al novelista una vez en las puertas del diario Expreso, pero ahora que estaba lejos del país, en España, no tenía forma de contactarme. Algún amigo me dijo que Paco Moncloa se carteaba con el. Recurrí a Paco, con el cual trabajaba en algunas correcciones de pruebas, y le pedí la dirección del escritor. Paco me la dio y al día siguiente le estaba escribiendo. Sería junio de 1981. Como se deduce de la carta respuesta de Benedetti, desde Palma de Mallorca. Le explicaba –en la carta que le envié-que deseábamos editar los artículos que había editado en Expreso tanto por su calidad y enseñanza política y social, como por la necesidad personal que tenía de poder desarrollarme en el campo editorial, dada la situación en que me encontraba. Benedetti, como se puede leer a continuación, no sólo me transmitió un gesto noble de camaradería al aceptar loa publicación, sino que se mostró inmensamente solidario con la situación que pasaba. Jamás me pidió derechos de autor o algo parecido. Al final, lo único que deseaba era que le mandara unos ejemplares y que cuidase bien la edición. Lamentablemente, por la situación de crisis en que desembocó el país, no pude editar el libro ofrecido a este inmenso ser humano, noble como el solo, y notable escritor, don Mario Orlando Benedetti.

 

(A continuación la carta de Benedetti):