23/8/12

RETORNO A LA SEMILLA (Cuentos) EFER SOTO







Retorno a la semilla es una colección de textos que transitan por la crónica y el relato breve, mostrándonos el paso de un personaje que viene de la sierra más pobre del Perú a una capital que lo devora y subyuga.
Efer Soto nos entrega entonces un libro cuyas historias, interesantes e intensas, nos permiten acompañar a sus personajes en cada uno de sus procesos de crecimiento, desde la alegría de 
un encuentro amoroso, la decepción de una ciudad traicionera o la pérdida del padre y la imagen que con él se va, hasta el descubrirse en esa soledad que significa el convertirse en adulto. Un libro que es casi una confesión de vida de un autor joven que ha sabido transitar el mundo con los ojos del escritor: aquellos donde la observación enriquece el alma.


  

RECUERDO Y LO IMAGINADO

©Efer Soto




Estaba viendo por mi ventana como el mundo se venía abajo, como los extraterrestres por fin bajaban y bombardeaban la ciudad. Era increíble, de locos, eran tan animales como nosotros, porque al aterrizar saqueaban todo y arreaban hacia las grandes avenidas a todas las mujeres para luego violarlas. Tenían favoritismo por las niñas porque eran de similar estatura.
Entonces escuché que alguien entraba y volteé. Era mi sobrino. Cuando regresé a observar por la ventana, todo estaba “normal”, lo mismo de siempre.

Me tumbé a la cama y recordé.

Mi madre o mis hermanas, no recuerdo bien, me decían que los ángeles se presentaban en la tierra como mendigos, niños enfermos, viejitas, cojos, mancos, sordos, ciegos, en general como unos discapacitados.
Ma, también como discapacitados mentales —respondía buscando más ángeles.
—Posiblemente —me explicaba— es por eso que tenemos que tratarlos bien.
Muchos años después, estaba ya confundido, pensando en si yo era ¿bueno o malo?, tenía que ser una de esas cosas, muy marcadas, nada de medias tintas, así es que empecé a tratar bien a todo el mundo. Soy lo que soy por eso y no está bien tratar bien a todos. Aún no sé si está bien o mal lo que hago y menos lo que pienso.
Hay mendigos malos, viejitas malas, cojos malos, mancos malos, sordos malos, bonitas malas, feas malas y claro, hay todo lo contrario también. Lo mismo de siempre.
Me paré de un brinco y continué mirando por la ventana. No podía ver ángeles porque no quería y el recuerdo quedaba algo así como lo imaginado, como si nunca hubiera sucedido.

Toda esta confusión porque me enteré de algo desconcertante.

Jorge Pinto me dijo una vez:
―Tengo una historia, pero tengo vergüenza de contarte, no porque se trate de mariconadas ni porque lo que hice sea motivo de algún encarcelamiento.
—Violaste a una niña —le bromeé.
—No —contestó de inmediato.
—A un niño.
—No… Creo que tuve sexo con una criatura del espacio exterior.
Yo me cagué de la risa por supuesto. No entendía qué diablos pasaba con Jorge que nunca había hecho una broma en su vida; que al contrario era un sujeto serio, estudioso y sobre todo, maduro.
—Sabía que te ibas a burlar de mí.
—Tienes que admitir que tiene mucha gracia, si yo te lo contara también te reirías.
—Es algo serio —dijo cruzando los brazos. Yo seguí carcajeando.
—Bueno, ya pasó. La extraterrestre ya se fue. Debe estar a miles de años luz —comenté con el único fin de parar de reírme.
—La extraterrestre sigue en mi casa —dijo, manteniendo la seriedad del asunto.
—Me estas hueveando, ya estoy grande para creer en eso —contesté, incrédulo.
—Es en serio —afirmó.
—Está bien ¿Cómo sucedió? — pregunté, en un tono burlón, tratándolo como a un niño tonto.
Jorge pinto se sentó en un sofá rojizo y ajado que tenía en mi habitación y empezó con su historia que pintaba a ser cómica pero que al finalizar me dejó muy asombrado.

Sucedió hace un mes cuando desperté a la una de la madrugada. No podía dormir porque no dejaba de pensar en Jimena, así que subí a mi terraza para… no sé, ya sabes, un momento de intimidad conmigo mismo, ordenar un poco la cabeza. De pronto vi una luz. Pensé que era un helicóptero de la policía pero poco a poco se fue acercando sin hacer mucho ruido. Era pequeño cuando pude verlo a la cercanía, redondito, del tamaño de un auto, plateado que aparecía y desaparecía a su antojo. No pude ni moverme del asombro, cuando al centro de la nave se abrió una puerta circular y de su interior cayó un trozó de porquería gelatinosa y gris. Cuando cayó pensé que los extraterrestres habían botado su basura en mi terraza, pero no, ese montón de mierda viscosa empezó a convertirse en un ser igualito a mí. Pensé estar soñando. Mi menté entró en una confusión, en un desorden total. No sabía qué mierda hacer: si salir corriendo o simplemente quedarme ahí. Ya no sentía nada, ni susto, ni gracia. Me había paralizado por completo.
—No tengas miedo —me dijo con una voz extraña la basura esa, comenzó como una radio malograda pero la parte final la pronunció con mi tono de voz— Puedo convertirme en lo que sea.
Entonces, como aún pensaba que se trataba de un sueño, le dije que se convierta en Megan Fox.
     —No sé quien es Megan Fox, tengo que ver para convertirme —respondió a mi  pedido.
—En una pelota entonces, mira esa pelota —le ordené dirigiéndome con la mirada hacía un balón que estaba a unos metros. En pocos segundos, luego de chorrearse nuevamente en el suelo, resultó un balón; que yo, como pensé que era un sueño, me encargué de meterle un pelotazo haciéndolo volar por los aires hasta que llegó al patio del vecino. Ahí se convirtió en una gelatina otra vez y se arrastró por debajo del portón y trepó las paredes hasta llegar donde yo estaba.
Le dije luego que nos dirigiéramos hacía mi cuarto, y él, que era yo mismo afirmó con la cabeza. Me siguió, encendí la computadora y en el buscador puse “Megan Fox” y cuando se pudo convertir en la actriz de mis sueños, tuve sexo con ella. Es decir, con la cosa gelatinosa que era a la vez yo y Megan Fox.
—Me estas diciendo que tuviste sexo con Megan Fox —consulté pasmado.
—Así es, era igualita la copia.
—Y con cuántas famosas ya tuviste sexo, ya van treinta días.
Ufff… perdí la cuenta.
—¿Préstamela?
—Está bien. Ojala que acepte. Aunque dudo que no acepte algo que yo le ordene.
—De lujo. Por qué no se trae una amiga para mí.
—Si le pedimos tal vez acepte.
Caminamos entonces hacía su casa. Ingresamos silenciosos, como unos criminales. Cuando cruzamos la puerta nos sorprendió su madre, que llevaba una falda sexy, pequeñita de flores naranjas. Pensé entonces en decirle al extraño ser que se convierta en la madre de mi amigo. ¡Dios santo!, si eso sucediera sería un sueño hecho realidad.
Cuando entramos a su habitación, me impacienté.
—Dónde diablos está, ¡quiero verla ya!
—Está en mi mochila.
—A una criatura con esos poderes la tienes en una mochila, ¡que desconsiderado!
—Al diablo, es lo único que sabe hacer, no es expresiva.
Abrió su closet y se agachó para recoger una mochila negra. La abrió y un olor horrible invadió toda la habitación.
—Estuviste tirando con esa porquería.
—Es una desventaja, el olor.
—Tú, criatura del espacio, conviértete en mi amigo.
A la orden ese montón de gelatina grisácea se convirtió en mí.
Concha de su madre, que mostro. Conviértete en la madre de Jorge —le mandé, apuntando a un retrato familiar que tenía mi amigo en una de sus paredes.
A los pocos segundos teníamos a su madre frente a nosotros.
—Vuelve a tu estado natural —le ordenó Jorge, poniendo su rostro más serio.
Era jodido, en lo que se convierta no podía oler bien. Probamos con muchas actrices y era increíble su poder de transformación, lograba un parecido al cien porciento. Después de mucho, vino a mi mente la imagen de Amanda. Entré a una de las tantas redes sociales donde participa y le mostré su foto al fenómeno. En instantes me encontraba frente a mi novia.
—Es la segunda vez que me transformo en esta bella muchacha —me dijo la extraterrestre.
—¿La segunda vez? ¿Escuché bien?
—Si, hace dos días lo hice también.
Le mire a los ojos a mi amigo.
—Te tiraste a mi chica —le dije, con mirada furiosa.
—Qué chica, fue a la copia.
—Te quieres coger a mi chica —bramé. Fui hacia él, le golpeé en la nariz y empezó a sangrar.
—Tienes suerte de tener una novia fea, porque sino ahorita le diría a este monstruo que se convierta en ella.
—Creo que con el golpe estamos a mano —dijo en modo de disculpa.
—Si claro —dije, como quien tiene una idea brillante.
—Esa cara me recuerda a que nada bueno has pensado.
—Nada. Pensé en algo sensacional. Quiero que se convierta en tu madre.
—Mierda.
—No es tu madre, es sólo una copia.
Jorge se puso como loco. Se puso tan pesado que tuve que declinar en mi intento y pedirle al bicho que se transforme en Anita Blond, la sensacional estrella porno húngara. Era mi sueño realidad, la chica de mis sueños desnuda frente a mí.
—Creo que nos tienes que dejar a solas —dije y Jorge salió de su estado de shock y se largo sonriendo.
—A la mierda con Anita, conviértete en la madre de mi amigo —le ordené al bicho.
Y plaz, se desparramó y se erigió la madre de mi amigo, una despampanante morocha de casi metro ochenta, con su cabello ensortijado y su lunar en el cuello.
—Dime ¿Quién es el maestro? —le pregunté.
—¿Quién es el maestro? —me repreguntó.
—Yo soy el maestro maldito bicho, tienes que decirme “tú eres el maestro”
—Tú eres el maestro —repitió con un tono militar, nada sensual, nada excitante.
—Cállate maldita criatura del mal —le grité, luego le di una cachetada y cayó en la cama, la puse en cuatro patas y le empujé mi pene con violencia. Pero chocó contra una pared carnosa y tuve que sacarla para frotármela intentando aplacar el dolor.
Supe entonces que no era perfecta. Exteriormente era igualita, pero tenía una vagina sin profundidad ni suavidad.
—¿Dónde mierda está el hueco de tu vagina? —le pregunté, sin dejar de frotarme.
—Espera —me respondió, manteniéndose quieta.
—Esperar qué.
—Ya está, entra.
Entonces lo intenté nuevamente y esta vez si ingresó. No era la gran cosa, una vagina sin gracia, sin calor interno, sin la suave textura.
Salí de ella y crucé la puerta. Jorge estaba afuera como un cojudo.
—Te tiraste a mi madre —dijo al verla.
—Crees que tiro tres minutos idiota, además creo que tu madre está mucho mejor. Me largo, quédate con tu mierda apestosa.
Bajé las escaleras y vi otra vez a su madre. Era tan hermosa, tan perfecta. Algún día me casaré con una mujer así, pensé.
—¿Todo bien Juliancito? —me dijo tranquila, con una voz que calmó mis nervios.
—Si señora, Jorge está arriba, ya me tengo que ir a ayudar a mi mamá.
—Gran chico Julián, cuídate.
Poco a poco empezamos a alejarnos con mi amigo. Pasaba más tiempo tirando que jugando al futbol. Yo guardé su secreto cinco años, hasta que lo escribí. No sé dónde demonios está ahora porque desapareció. La última vez que lo vi fue en la factura de luz, como persona desaparecida. Tenía un rostro acabado, delgado, los huesos resaltados. Parecía una broma del destino.

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