3/1/10

La verdadera historia de la familia Siancas


Yo era aun pequeñito cuando mi mamá me llevó a casa de la familia Siancas. La casa –si así se podía llamar a esas esteras viejas y arqueadas que sostenían con dificultad eternits sucios y verdosos, con pelotas desinfladas, cajas de cartón, latas y zapatos- estaba en la pendiente de un cerro, y para llegar allí, había que atravesar un extenso campo de arena. -nuestros pies se hundían hasta los tobillos; como en las películas de Daniel Boom-. En ese entonces, la casa no tenía la acera ni los postes de alumbrado que tiene ahora. Y la carretera, toda nueva, de asfaltado azul con líneas blancas, era en ese tiempo inexistente. Sólo a fuerza de transitar -carneros, burros, carretas y personas- se habían formado gruesos surcos en la arena que hacía menos penoso caminar por ella.

“El es tu padre”, me dijo mamá cuando traspasamos el plástico azul que servía de puerta. Y me señaló a un hombre avejentado, casi calvo, con pocos pelos sobre las orejas. Y su mirada –vidriosa, penetrante- se posó en mí con una inocultable curiosidad. “¡Salúdalo!”, me palmeó el hombro mamá al verme rojo y atemorizado. Me acerqué y, a pesar de la semioscuridad de la casa, pude ver que se encontraba sentado en una silla mecedora, con una manta gruesa que le cubría de la cintura hasta los pies; y cuyo rostro –piel tostada- parecía tener una infinidad de años –nunca supe su edad, y aun ahora, cuando reviso los papeles del baúl de madera que él construyó, no logro esclarecer el misterio-. Estiré la mano frente a su augusta figura y él estiró la suya. Entonces, y sólo entonces, por primera y única vez en mi vida, pude sentir ese ligero temblor en mi cuerpo. La mano de ese hombre era dura, seca, de callos pronunciados y tenía cientos y cientos de rajaduras –como los surcos de la arena-. “Dile algo”, agregó mamá, mientras yo hacía esfuerzos por resistir la dureza de esa mano, con su tibio calor que parecía estar achicharrándome. “Buenos días”, le dije, despacito. “Buenos tardes”, me respondió él, y luego de pasados unos segundos –ya eran más de las doce, el sol calentaba débilmente todo ese manijo de casuchas desperdigadas en la arena- pude ver que poco a poco en ese rostro seco, de facciones toscas, se empezaba a ampliar una infinidad de surcos, de cientos de rajaduras que se expandieron más aun al estallar de su garganta una sonora carcajada: “Ja, ja, ja, ja”, resonó ésta, profunda, sincera, plena de alegría; lo que terminó por derrumbar todo temor mío a su persona. Esa sería una constante en el carácter y acciones de Abulio Siancas Sifuentes, mi padre –mi segundo padre-; hombre duro, seco, colérico a veces, pero lleno de amor y de energía. Que el cielo lo haya perdonado.

Jack james flores vega

Escritor peruano


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