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y lectura poética a cargo de los poetas
CAROLINA FERNÁNDEZ
MIGUEL ILDEFONSO
JOHNNY BARBIERI
JUAN JOSÉ SOTO
Miércoles 13 de mayo 2009
11:15 a.m.
Facultad de Ciencias Sociales
Segundo Piso
UNIVERSIDAD NACIONAL MAYOR DE SAN MARCOS

Juan Villacorta Vásquez
En el libro La vestimenta de los días (Ornitorrinco Editores, abril de 2009), de César Olivares, los poemas que he leído me han refrescado las imágenes que tenía y tengo del autor cuando fue mi alumno en
En efecto, desde el título del libro (“La vestimenta de los días”) fluye el deseo que tiene el poeta de comunicar poéticamente qué constituye el ropaje de lo cotidiano: la materialidad del diario vivir, de su propia existencia, puesto que emplea la primera persona gramatical como hablante lírico. Esto es explícitamente corroborado mediante dos versos del Prefacio del libro cuando el poeta César Olivares advierte: “Siempre fue lo mismo (…) En vano intenté cubrir mi corazón con una / cáscara de huevo”. Su yo poético es aseverativo, claro y contundente: es difícil abstraerse, sustraerse u ocultarse del mundo de todos los días, y es más difícil aún ser insensible u ocultar los sentimientos. Y de esto es lo que se poetiza en todos sus versos: los mismos hechos y experiencias más simples y cotidianos que afectan y activan su sensibilidad. Y no es fácil crear poesía de lo cotidiano. Esta poética subyacente en los versos de César Olivares nos recuerda lo que planteaba Rainer María Rilke: “el arte es un modo de vivir, y, aún viviendo de cualquier manera, puede uno prepararse para él”; y, de igual modo, sus versos, tienen un eco de buena parte de la poesía de Nicanor Parra, de Octavio Paz y del mismo Pablo Neruda, sino bastaría con recordar los “Antipoemas”, “Piedra de sol” y “Odas elementales”, respectivamente.
Lo cotidiano no es lo inmediato, lo trivial, lo superfluo, sino las vivencias más simples pero que han dejado huella en el alma del poeta, como de cualquier hombre que le da sentido e importancia a las cosas más sencillas de la vida, aquellas que se viven desde la infancia primera. Allí están el padre, la madre, los hermanos, el barrio, la casa, el hijo, la esposa, los amigos, los recuerdos más sentidos, pueriles, pero memorables. El poeta dice: “Yo también tuve un padre terco / y una madre preocupada por el calor de las estufas”. Hermoso signo de la elemental cotidianidad que nos devela y compromete, que nos remonta a la raíz de nuestros afectos.
Se ha discutido mucho sobre la sinceridad o veracidad de los contenidos de la poesía. Pero lo que no se discute es que la vida que lleva un poeta es la fuente inagotable de la creación poética. César Olivares, en su libro da testimonio de esta última afirmación. Y dice en el poema 2 de Relámpagos de infancia: “Y yo quiero que sepas todo”. Y todo es lo que le ha tocado compartir, vivir, al lado de los suyos: los primeros dibujos (de él mismo o de su propio hijo, que vendría a corroborar el mito del eterno retorno o de la circularidad del tiempo, formas de filosofar lo cotidiano), la incertidumbre por el mañana, el tiempo, los juguetes, la muerte, la familia, los amigos, etc.
Escribir sobre lo cotidiano no es fácil ni mucho menos; esto lo sabe el poeta y dice en el poema 4 de Impresiones y retratos: “Detesto escribir poemas /que no cuesten sangre”. Pero esto no significa, como podría suponerse, equivocadamente, que el poeta deba presentarse con una careta de fingida valentía o de impostada dureza ante la vida; no importa lo que diga, el poeta trata siempre de ser auténtico. El poeta dice en el poema 2 de Impresiones y retratos: “Dicen que soy malo/ que no soy capaz/ de matar un becerro/ para que coman/ mis hermanos/Pero amo la vida/ los buenos tragos/ Las mujeres malas/ a veces”. No importa lo que digan los demás, lo que hagan los demás, importa lo que se siente y ama íntima y personalmente.
En este sentido, el ejercicio del poetizar la cotidianidad se presenta, al fin y al cabo, en una búsqueda y un encuentro de sí mismo, en las huellas más cercanas, más que de buscar un triunfo sobre la poesía. El poeta dice: “Lo siento, poesía / no soy tu hijo / sólo soy un niño / de sangre ajena / que bebe/ en tus pezones/ la verdad de las palabras”. Y agrega: “Entonces supe de mí por un poema”.
El quehacer lírico de César Olivares tiene, a parte de su inobjetable calidad estética de escribir hermosos versos con asombrosa sencillez, y de hacer de las experiencias cotidianas unos espacios para volver a nosotros mismos, el mérito de buscar cumplir uno de los fines esenciales del arte, de la literatura: humanizar al hombre; así lo dice: “Escribimos un poema para hacer más sensibles a los hombres/O al menos para intentarlo (…) O sea para buscar en cada palabra / nuestra sangre, nuestras vísceras y nuestro corazón. Para/ pregonar una vez más que la literatura no cambiará el mundo, / pero cómo lo embellece, compadrito”.
* Juan Villacorta Vásquez. Docente en Literatura de
En una sociedad en plena lucha de tipo clasista, la que se presenta en la obra, no puede faltar un grupo de individuos que se apropian del discurso de defensor del pueblo; sin embargo, sus actitudes muestran todo lo contrario. No son otra cosa que unos imitadores de los tan criticados opresores. Así, en boca de una izquierdista, será natural decir: “¡Oye, Renato, dile a la chola que me pase la sal!” (49). Tal definición para una trabajadora del hogar que, según verborrea de la izquierda, es gente explotada; sin embargo, el trato que recibe, de quien se supone defensora de tal clase social, se compara con la de de un vil explotador y racista incluso, por eso “la izquierda peruana… eran unos rabanitos, rojos por fuera y blancos por dentro… eran unos miserables revisionistas” (50).
La expresión musical también se tiñe de política. Cada facción en pugna, escoge la forma musical para cantar sus vivencias y sueños. De esta manera, copar el escenario del Perú para llevar adelante su proyecto político. “Lo más graneado de la pituquería progre aplaudió eufonizada a escritores y músicos de lo que llamaron la nueva canción latinoamericana, esos que nunca quedan mal con nadie y que solo cantaron protesta hasta que cayó el muro…” (67). La izquierda ha claudicado, pero se necesita de una música que exprese la nueva situación, donde la fuerza del colectivo haga sentir su presencia. “Llegaron sendas tropas de sikuris de San Marcos, de
El Estado necesita de instituciones represivas para defenderse. Esa necesidad hace que “el policía (sea) reclutado de entre las gentes del más bajo nivel intelectual- casi fronterizos, la mayoría, canallas…” (133). Los agentes represores participan en desapariciones y asesinatos con la seguridad de ser intocables. Tal accionar no se inicia con la guerra interna. Es una práctica anterior a ella. “A los dos meses, Elmer Gárate, el percusionista del grupo, apareció baleado en pleno centro de Arequipa. El gordo Aragón debió escapar a Ecuador, pues lo seguían. ¿Cuál fue su delito? Hacer música, formar sindicatos, no frenar su lengua, no bajarse los pantalones por un plato de lentejas” (44). Eso en 1979. Sin embargo, una vez que se inicia la guerra tal escena se vuelve una constante. “Habían encontrado varios cadáveres con huellas de torturas en una playa de Ventanilla” (85). A nadie se le ocurre defender a unos pobladores pobres de origen andino que viven en asentamientos humanos. Por eso la crueldad y el salvajismo se presentan casi con naturalidad. “Don Félix fue baleado a quemarropa, cuando intentó defender a la niña… Paula fue violada primero por el suboficial, con toda saña y despotismo de los que puede hacer gala un soldado envilecido, (luego) atinó a descerrajar dos tiros en el pecho de Paula” (214).
En el desarrollo de la guerra, algunos entregan su vida en un acto voluntario por sus ideales, pero otros no están dispuestos a hacerlo. No por cobardía, sino porque “cualquier fascista que propague una idea en el Perú puede ser exitoso, porque lo que manejan este país son mierda y entre mierdas coinciden; el japonés tiene apoyo porque su punto de vista de las cosas, su ideología y su programa son similares a la estructura mental de la mayoría de individuos que componen este rebaño llamado pueblo peruano” (92). El pueblo es una tropa de imbéciles que se puede manipular fácilmente. Luego, resulta absurdo inmolarse. Ese es una manera de ver el mundo. Pesimismo radical. Sin embargo, también están los que postulan otras alternativas. Su desaliento no es, más bien, de quienes hacen política. “Cuando decidí internarme acá en el monte, cuando decidí hacer mi hogar con este pueblo, lo hice para terminar con la influencia de las costumbres e ideas de la ciudad, para olvidar las discusiones de reaccionarios y revolucionarios, para beber de la tierra y sin nada que perturbe mi mente…” (227). Una visión diferente donde “sólo las masas cobrizas conscientes liberarán al Perú, no ningún calco ni copia de Marx o Mariátegui” (244). Ni comunismo, ni capitalismo. Ese discurso velasquista. En la cola de desalientos y pesimismos no puede faltar de los que, en un momento de euforia rebelde, se adscribieron a la causa popular. Pero la cárcel, esa soledad forzada, quiebra el alma rebelde. Esa cárcel hecha exclusivamente para quebrar a los más recalcitrantes.
Después de tanto golpe pareciera que el caos se apropió del mundo y que no existe solución para ello. Desaliento y pesimismo que se traduce en las relaciones sociales. Pero no todo es así. Aún queda algo de ilusión y esperanza. Este mundo no puede ser siempre el lugar donde los sátrapas abunden y hagan lo que quieran. “…no está muerto el ideal… ni muertas nuestras manos” (260). Es que “a pesar del pesimismo y el desaliento, nunca está más oscuro que cuando va a amanecer” (270).
Las ideas se desarrollan de acuerdo a las necesidades y las vivencias. Mientras esto sea una cuestión netamente personal y empírico no pasa de ser inofensivo, pero cuando ya se eleva a lo social y teórico genera conflictos de diversos niveles, incluso, la guerra. Tal confrontación en el plano de las ideas se presenta en la sociedad ya sea académica o no. “El ignorante profesor de economía confundió (a un aprista) con senderista o martaquito” (88). Son épocas en la cual todo indivicuo asume una posición ideológica.
Un trabajador joven, que siente que se le explota o que ha visto a sus padres partirse el lomo para construir una casita o sobrevivir, tiene una visión particular de lo que sucede en su contexto. “Entrar en contacto con la gente de las fábricas me permitiría también saciar mis inquietudes políticas y conocer algo más de los compañeros que nos visitaban en el mercado los fines de semana, para impartir formación política y para recolectar y las colaboraciones (menestras, frutas, verduras, carne, lo que fuese) que por voluntad propia realizábamos en el mercado” (51). También a las mujeres que trabajan desde niñas les toca la puerta la formación ideológica. Lavado de cerebro, dirán algunos. “A los seis años me convertí en una especie de madre sustituta de mis dos hermanos menores, pues mi padre salía temprano a trabajar” (25), luego de años “David fue quien me condujo por los caminos de la gran literatura, fue quien me enseñó a disfrutar y apreciar el buen rock en inglés, que yo casi detestaba porque no lo comprendía, fue el primero a quien escuché hablar de proletariado, lucha de clases y subproletariado…” (58). Lucía, con esa actitud de mujer que no inclina la cabeza ante nadie, asume su papel protagónico en ese lucha ideológica. La muerte no se hace esperar. La visitante no es de capucha negra y guadaña, sino de uniforme verde y pistola. Otra es la historia de Orlando Zapata, quien, “luego de seis meses de preparación, más política que académica, en
[i] Rafael Inocente. La ciudad de los culpables. Editorial Zignos. Lima. 2007.
Velita Palacín Niko (marzo 2009)

El amor es infinito. Mis hermanos y yo, cuando niños, fuimos testigos del más puro amor de una madre el día en que
Así pasaron los días. Una vez escuchamos un tremendo griterío de las gallinas cerca de la pequeña laguna de los patos y corrimos a ver, podría ser una mantona (anaconda) o un gavilán (águila) que se comen los polluelos.Al llegar encontramos un cuadro que nos causó mucha ternura y mucha risa. La gallina mamá de los patitos estaba metida en el agua pretendiendo jalar con el pico a sus hijos, gritando desesperada pidiendo ayuda porque creía que sus adorados hijos se iban a ahogar, mientras que los patitos muy felices hacían piruetas en el agua disfrutando la laguna por primera vez.La mamá gallina cansada de gritar y sin poder jalar a sus hijos, salió del agua desconsolada y se paró muy triste bajo un árbol. Uno por uno, sus hijos salieron del agua a conversar con la mamá. Ella los acariciaba y seguro los regañaba. HERMOSO CUADRO DE AMOR INFINITO.Cuando los patitos volvían al agua la mamá gallina ya no gritaba, comenzó a pastar sola, mirando de rato en rato a sus hijos quienes le hablaban con alegría desde el agua con su mensaje de shiro-shiro.Nuestra risa inicial por este hermoso acontecimiento se convirtió en el más importante aprendizaje de nuestras Leyes Cósmicas : que el AMOR INFINITO no es propiedad de nuestra especie humana, que no tiene color de raza, ni de ideología político-religiosa que la convierta en fanatismo. Esa Ley Cósmica nos hace ver que “en nuestro Universo no hay especies superiores ni inferiores, ni feos ni bonitos, sino que todos somos importantes” y que, AMAMOS
FELIZ DIA A TODAS LAS MADRES DE NUESTRO UNIVERSO
EL CUENTO ES DE LA FAMILIA CACHAY HUAMAN, LEANLO Y ESPERO LOS AGRADE, GRACIAS, LUCAS

Miguel Ildefonso (Lima-Perú, 1970)
Fernando Carrasco Núñez
La vida del hombre gira en función a su futuro, a su proyecto de vida, por ello cada logro alcanzado tiene la marca de un deseo angustioso de justificar una fugaz existencia. No obstante, tanto el presente y el futuro del hombre están marcados también por el pasado. El hombre es el resultado de lo que ha sido a lo largo de su vida y este pasado, irremediablemente perdido, muchas veces surge como una evocación nostálgica que nos ayuda a recordar nuestro origen y a reafirmar nuestra esencia para afrontar con convicción el porvenir. En tal sentido, por este sendero transita la poética que Jimmy Marroquín nos presenta en su libroAntropología de la espuma (Lima, Hipocampo editores, 2008). El pasado, que alberga espacios primigenios, acciones definitorias y personajes entrañables, se ha transfigurado en una densa capa de espuma desplegada entre los vericuetos de la memoria. Por ello el poeta apela al arte de la dilución mediante las palabras, mediante la poesía, para reconstruir morosamente y amorosamente ese remoto paraíso perdido entre las impurezas de la espuma:
“Si al volver,
oh disidente,
a este pasado remoto, descubres sólo ruinas de sombras y el
eco tullido de aquello que, irremediablemente,
perdiste,
entonces
sólo cabrá postrar los muñones, acodarse en el cieno, quitar
amarras al viento y reconstruir,
con serena diligencia,
el vacío largamente entrevisto”(pág. 16)
Hay un sentimiento doliente en los versos de Antropología de la espuma cuando se evoca la infancia al lado de los seres queridos, puesto que el presente es entendido y sentido como un escenario acaso más lóbrego y decadente; esta idea se vincula con una visión del mundo que considera al pasado como un período siempre más feliz que el presente tal como lo leemos en los conocidos versos del poeta español Jorge Manrique:“Como a nuestro parecer/ cualquiera tiempo pasado/ fue mejor”. Sin embargo, llama la atención que ese pasado entrañable se configure como un tiempo precario y hasta grotesco que está vinculado con los seres más venerados como los padres y los hermanos. En el poema Evelyn se canta a la pureza de la hermana ausente al tiempo que se recuerda los “peluches cercenados” y en el poema Hijo pródigo se evoca a la madre y las hermanas a las que se recuerda como “migajas de hiel”. Acaso esta idea de precariedad y de lo grotesco se entienda mejor con un término recurrente en el libro. El vocablo “muñones” aparece como un símbolo de la visión que el yo poético tiene del pasado y el presente. El poeta siente que se ha escindido una parte de su ser donde radica el ayer añorado, él mismo es un enorme muñón que rememora esa parte de su existencia perdida para siempre. Esta idea de lo grotesco en los versos deAntropología de la espuma se percibe mejor en el poema “Lazareto, 1921”. En este poema el leprosario surge como un espacio habitado por seres marcados por la fatalidad, es una hermosa metáfora de la unión familiar signada por el dolor y la carencia.
“…pero todo continúa igual: “Lazareto – 1921”, refugio
de enmohecidos nombres, de apestados,
de nauseabunda sangre y ambarinos sueños,
del secular miedo,
del ser devuelto a su acendrada
condición de cieno…” (pág. 57)
Este libro de Jimmy Marroquín está dividido en tres secciones: Diseño de la espuma, Antropología de la espuma y Relación de cenizas. En el plano formal destaca la presencia de diferentes voces que a la manera de un concierto polifónico van reconstruyendo personajes, escenarios y acciones del pasado. El talento poético de Jimmy Marroquín le permite “despersonalizarse” para configurar el mundo interior de algunos de sus personajes líricos. A lo largo del poemario destaca también un lenguaje terso y refinado, además de figuras retóricas bastante logradas. El poeta se hace dueño de un repertorio léxico de términos eufónicos que entran en sintonía con el mundo representado en la obra. Podemos citar algunos vocablos como disidente, muñones, desdoro, abisal, atrabiliario, írrito, pátina, incuria, etc. Como se percibe el lenguaje de Antropología de la espuma toca el dolor y el pasado. También enfatiza en la idea de lo precario y la destrucción cuando se alude a polvo, musgo, ceniza, hollín, carcoma, aserrín, moho y cieno. Otro rasgo formal que podemos resaltar es la presencia del estilo enumerativo en casi todos los poemas del libro. El estilo enumerativo aparece con diferentes estructuras. A veces notamos frases nominales breves y en otros casos periodos largos enumerados casi caóticamente como se aprecia en el poema Ver y tocar. Y en el poemaMorada de la espuma se percibe el estilo enumerativo combinando el uso del asíndeton y polisíndeton sin perder nunca el sentido del ritmo en el poema:
“Esta es la casa
su astillada puerta,
sus goznes entrañables y su falleba rencorosa,
la ceniza de su otrora tumulto inabarcable,
su espuma ígnea
y su ríspida altivez intolerable,
su zaguán oscuro como un tajo disoluto,
sus paredes balbuceantes y sus agrestes cielorrasos” (pág. 18)
Por lo reseñado en estas breves líneas podemos finalizar apuntando que Antropología de la espuma de Jimmy Marroquín es un poemario muy intenso y bien trabajado en el plano formal que suma significativamente en el proceso poético ascendente de su autor.
Lima, abril de 2009