En solo contadas oportunidades, intelectuales peruanos han participado del intercambio de ideas con sus pares europeos. Bartolome Herrera Velez fue un filosofo peruano que entre 1842 y 1862 aporto al corpus creado por el pensamiento politico contrarrevolucionario frances. Conmemorando el bicentenario de su natalicio se han preparado diferentes ensayos que estudian y actualizan su obra. Los mas interesantes trabajos son los de Victor Samuel Rivera con su tesis titulada " Tras el incienso ", Raul Chaname Orbe y su ponencia " Herrera y el krausismo " y Jose Pancorvo Beingolea con su escrito " La ascension de Herrera ". Estos interesantes temas han sido publicados recientemente por la Sociedad Peruana de Historia que preside el notable poligrafo limeño Juan Vicente Ugarte del Pino. Rivera nos ilustra ubicando a Herrera en la pugna entre liberales y conservadores del lado de su amigo, su santidad Pio IX, en un momento que los tradicionalistas estaban a la defensiva resistiendo la arremetida de los anticlericales y regicidas. No olvidemos que en esa epoca son derrotados los monarcas Luis XVIII y Napoleon III y Roma es tomada por las tropas masonicas.. Asimismo, Rivera nos explica como hizo Herrera para ser reaccionario y republicano a la vez. Herrera combatio la teoria del Contrato Social de Juan Jacobo Rousseau. El pueblo no se autolegisla, ni es el soberano, ni se representa a sí mismo, ni es superior a las leyes, suscribio el prelado. El obispo de Arequipa denuncio a la Revolucion Francesa como propagadora de errores impios y antisociales y asocio la derrota frente a Bolivia en la Batalla de Ingavi a la carencia de valores catolicos en el Peru. Chaname descubre la influencia del pensador aleman Karl Krause en el maestro carolino. El krausismo concibe al Derecho como un vehiculo para formar ciudadanos que aspiran construir una sociedad con orden y libertad. Pancorvo resalta la profunda vocacion religiosa de Herrera. Su principal mision fue glorificar a Dios. Fortalecio a la Iglesia defendiendo los dogmas cristianos como el de la Inmaculada Concepcion. Lo paradojico de todo esto es que un patriota multifacetico y virtuoso como Bartolome haya tenido como tataranieto a Bieto Quimper Herrera, actualmente preso por corrupto. |
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12/2/10
Bartolome -- por: Willy Quevedo
7/2/10
LUIS BOCELI -- "ALUCINADO"

“HABLA SEGÚN LA LOCURA QUE TE HA SEDUCIDO” BRETON Y ÉLUARD
“HABLA SEGÚN LA LOCURA QUE TE HA SEDUCIDO” BRETON Y ÉLUARD
Sobre mi libro alucinado
¿Cuanto pesa tu espíritu?
Alberto estaba lejos de ser definido, el crítico y el estudioso no pudieron lograr una definición certera de su alma; lo último que susurró al morir en un acto lúdico fue volveré a nacer, a nacer volveré, ¿cuanto pesa tu espíritu?
I
No buscas cambiar el mundo
Ni ser buen ejemplo
El encontrarse no es finitud
Es infinito
El hombre nunca se encontrará del todo
Lo único que queda es pintar latidos
Los poetas son eternamente tornadizos
sólo son fieles a las metáforas catalizadoras:
cosas, objetos, esferas, planetas, vientos.
Los poetas mentimos que estamos iluminados
Que nuestros ojos son lamparones izados al viento
¿Por qué no nos tratan como personas comunes y corrientes
Acaso electrocutamos con nuestras palabras los párpados del tiempo?
A LUCI NADO
"Servido pero no convido, porque está prohibido"
Con los hematomas y contusiones, de que no se infecte la herida
Eres MI BOTIQUIN DE PRIMEROS AUXILIOS
Mi Antipirético, Antiflamatorio, Analgésico
Frasquito de alcohol, algodón: V I D A
EMERGENCIA
Se necesita urgente:
Gasa, Aseptil Rojo, venditas
Poner doble esparadrapo y bendita Sonrisa
LIMPIAR LA PELICULA DE HERIDA
Y que la enfermera se llame y apellide: Cura de Males
5/2/10
RECITAL POÉTICO FEMENINO EN LOS MIÉRCOLES CULTURALES/ 3 de febrero 2010

4/2/10
Poemas de Huellarios del fuego y del caracol JOSÉ PABLO QUEVEDO
Viene el poeta
Mi país se retrata en tu nácar
como cristal de mil colores.
Tienes los árboles apeticidos,
las lagunas danzantes
sobre nieves de cordilleras.
Los amarillos como limones,
los naranjas encendidos
están como la estampa
de mujer que no calla, que ríe,
que hace la historia
con cada ebra que teje.
Mi país ha grabado sus ríos
en tu nácar,
su historia es de cóndores,
su cielo es añil y eterno.
Así lo llevas, lo paseas,
juegas con él sin fronteras,
es el ornamento de un poncho
peruano
lleno de aves y de peces.
2
Voy a tu imaginario inventario
de nudos y caminos,
en el tejer de tus ebras,
al misterioso campo
que anuncia la luz
y la campana.
¡Caracol, caracolero,
maracas tienes!
Cada noche brillas,
enciendes estrellas,
cortas las esferas,
pules las arenas,
desgranas las montañas.
El sol sale de tu casa
cada mañana.
3
Qué mayor profundidad del río
que atrapa la piedra para formarla,
o para llevarla con su boca a la mar.
Lo que otras voces repitieron
fue eco crecido, fuego
desde mesetas memorables.
Soleados mapas, soleados valles,
donde la lluvia sobre la yerba amada
ha caído.
La besamos, levantamos la flor.
A nuestros muertos
alcanzamos sus alimentos.
Los soplos que nos dieron
están en nuestra sangre,
es semilla de una lluvia crecida:
(huellarios - memoria,
Quilla – Illapa,
espiral-continente),
en el color incesantes de las orillas,
que como manos están abiertas,
y que repiten insistentes:
¡Nadie puede ser más grande que el sol,
porqué de un rayo de su luz,
sus hijos somos!
La historia del Perú en sus milenios,
son huellarios de volcanes activos,
en la resistencia de la piedra,
que forja de sí misma,
su rostro profundo y alto como la luna.
29/1/10
PRESENTACIÓN DEL LIBRO -- MIÉRCOLES 3 DE FEBRERO 2010




En este contexto, la poesía se enunciará como develamiento, como alegato del relámpago y como directo desafío a aquel gobierno de la noche. Las imágenes resultantes de este sabio y noble propósito comunicarán la encendida defensa de la memoria, antes que la precipitación infinita al vacío; la celebración del gozo al recuperar intacta –entre la herrumbre espumosa– la semilla de algún recuerdo familiar; y el progresivo desgarramiento de no poder develar, definitivamente, la metafísica de la espuma. Poética que defiende la semilla y la memoria, Antropología de la espuma logra configurar acertadamente la poesía como morada del sobreviviente, es decir, como hábitat de aquel que decide no sucumbir y no abismarse, sino sostenerse y resistir la levedad y el peso de la espuma llamada olvido. Jimmy Marroquín Lazo encontró en la palabra poética el relámpago que puede iluminar la noche. Que su revelación anuncie, en el horizonte, el tiempo porvenir.
Javier Morales Mena
22/1/10
CARLOS ERNESTO GARCÍA EN REVISTA "ADARVE" DE GRANADA, ESPAÑA

Carlos Ernesto García, El Salvador

poemas del poeta salvadoreño Carlos Ernesto García y reseña cítica ana gallego cuiñas,
revista de crítica y creación literaria, ADARVE, #4, 2009
A QUEMARROPA EL AMOR
Guardo como pequeñas piedras de mar
días de nieve
regiones habitadas por el miedo
incendios de miradas devastando las calles
reinos de abejas y de hormigas
silvestres floraciones de palabras
atardeceres bajo oscuras arboledas
lápidas polvorientas
sobre historias personales
mesas de café
desde donde controlábamos las piernas
de una mujer que no nos hizo ni caso.
Alojo recuerdos como piedras de mar
y ninguno termina de hacer daño
en la palma de la mano
donde los aprieto con indecente esperanza.
Son recuerdos
como los de un gato en el jardín
con una bala entre las patas
¿O será alguien cargando su revólver?
De un gato que llora en el jardín
¿O será mi madre
que no está en casa desde ayer?
El recuerdo de un hombre que salta la verja
y yo no tengo tiempo
ni ganas para recibirlo.
Los impactos rompen la puerta
mientras irrazonablemente
la luna se aburre allá arriba
y saltando el muro
caigo en un estanque dorado
a salvo de la ballena que arrasa.
POR EL LENTO RENCOR DEL AGUA
A Rigoberto Paredes
Camina entre manoseados papeles
con los pies prestados.
Peligrosa la memoria.
Se desnuda y combate en plena calle.
Alta suena la voz del que reclama
y los constructores del verso
ya no son volcán inactivo
tierra baldía
machete sin filo.
EL DESCANSO DEL GUERRERO
el guerrero tomó su espada
que hundió en la arena
y pensó:
Este es un buen lugar
para la muerte.
Indiferente
cayó la tarde.
Nadie preguntó por el guerrero.
A nadie importó el lugar escogido
para el descanso.
Una tormenta de arena
se encargó de sepultarlo.
Abono no fue para la tierra
sino pasto para el desierto.
BREVE POEMA DE AMOR
Vos sabés que yo
vengo de la melancolía a la melancolía
que confundo todos los lugares
la Plaza del Zócalo
con el Parque Ula Ula
el Danubio con el Lempa
a los niños andaluces con los de Panchimalco
la torre de París
con las de electricidad que daban frente a mi casa
allá en San Martín
cerca de Suchitoto.
Sí
la verdad es que lo confundo todo
hasta el color de tu pelo
con la espesa oscuridad de los cafetales.
PRIMER BESO
no recuerdo.
Cuando te besé
(fue en casa de una amiga tuya
que me gustaba)
era la primera vez que te besaban.
Sentí tu cuerpo temblar contra la tierra.
Nunca más volví a verte ni besarte
pero cuando te recuerdo
no sé por qué
aún siento tu cuerpo temblar contra la tierra.
MAÑANA DE INVIERNO SIN ELLA
Yo
el que guarda en la sonrisa
al asesino
dime qué hago con estos ojos
que nacieron para verte
Con esta boca
que te nombra a cada instante
para espantar el silencio
Con estas manos mías
que te saben de sobra.
Yo
el que guarda el puñal
bajo la almohada
dime qué puedo hacer
para borrar tu sangre
y tu recuerdo
antes de que golpeen a la puerta
los que vengan a buscarme.
VERANO DEL 80 Y CINCO
Apoyada contra la pared
una joven de falda corta
quieta espera.
La miro.
Toso.
Doy una bocanada al cigarrillo
que circular se enreda entre sus piernas
—cierra los ojos y suspira—.
El metro estacionado ya
abre sus puertas.
Subimos en distintos vagones
y nos dejamos llevar.
15/1/10
IMAGENES de la reunión cultural del día miércoles 13 de enero del 2010 EN LOS "MIÉRCOLES CULTURALES" DEL GREMIO DE ESCRITORES DEL PERÚ
9/1/10
Gremio de Escritores del Perú -- FOTOS DE LOS MIÉRCOLES CULTURALES -- DEL 6 DE ENERO 2010
3/1/10
TRES TRISTES TRICÉFALOS
Hubo un tiempo en el que incursionar en la red era como tirarse a la piscina en un agua que aún no se sabía si estaba blanqueada por el cloro o en su interior anidaban los estercoleros de la alcantarilla. Pasado el tiempo, ahora sabemos que hay de todo un poco, y que para separar el grano de la paja, la pepita del barro, es preciso estar alertas y atentos, abrir bien los ojos, leer con mesura, para que los disfraces estrambóticos, las malas clonaciones o incompletos sustitutos y los falsos usureros no nos quieran venden gato por liebre. Leyendo el libro «Discursos contra la bestia tricéfala», de autoría tripartita, no sé por qué, pero dos de las tres partituras en las que se divide el volumen me han olido a post, a textos internautas, a comments ligeramente desarrollados. Un pez sacado fuera del agua, irremediablemente muere; un camello puesto en las playas de Máncora o Punta Sal, por muy surrealista que pueda parecer a algunos tontos, está fuera de lugar, no cuadra, se percibe desubicado. Asimismo, creer que los chats, postsy comments representan en bruto la literatura del futuro, es haberse fumado un porro de los malos y además es ofensivo para los lectores literarios.
De intención más bien utópica, este libro, en lugar de ser un conjunto armonioso y concatenado, es un híbrido que hace aguas por todas partes (no olvidemos que la idea primigenia era hacer un manifiesto firmado por tres; pero en cambio son ocho peroratas, un relato y tres cuentos), se alimenta de la propia egolatría de los autores (Ybarra, Delgado e Inocente) y peca de pomposo, de mayestático, para darnos un resultado más bien chicha, tirando a limonada. Pero principiemos por el principio, y partamos por partes, como acotaba un carnicero. Rodi Ybarra, siendo demasiado personalista, demasiado yo-yo, con un antiguo pasado de hijito de mamá, no puede evitar manchar sus textos con puntitos de cagatina personal y los hace un tanto artificiosos e hilarantes, cuando deberían ser todo lo contrario, serios, puntuales (la cereza en la cima del pastel es el encuentro unilateral con Alan García, que el susodicho lo describe como si hubiera sido la colisión entre dos altezas, una buena y otra mala), y al final de sus ocho textos (el de la poetisa ridícula no es más que un simple y poco estético desahogo para beneplácito de los misóginos) lo que evacua no es otra cosa que, haciendo un paralelismo popular, el discurso de una vieja histérica y renegona que pide a gritos y con improperios ser atendida. Las pataletas son permisibles solo en jóvenes de veintitantos años, pues, como el mismo Ybarra manifiesta, estos ilusos soñadores todavía pueden equivocarse; pero que las haga un señor de cuarenta ya parece algo chocho y un tanto chamuscado. No digo que el incendiario no debe morir en su ley, solo que tratar de incendiar la pradera con discursos trasnochados (palos al político, al intelectual, al crítico, al izquierdista son refritos) es como jugar a la cigüeña. Un bajón, sin duda, para el autodenominado «brazo armado», y conocido últimamente como «Ani», a quien algunos recuerdan como un buen poeta en los noventas y que ahora ha involucionado en un discutible bloguero de los dos mil.
Arturo Delgado Galimberti es un buen narrador (¿o debería ponerlo en pretérito?), pues con su primera obra, una noveleta de corto aunque bien logrado aliento, la chuntó, la hizo linda para los entendidos, porque para la masa ni siquiera existió; sin embargo, su siguiente publicación no cumplió las expectativas que se esperaba, digamos que con esta descendió un par de escalones, al cabo de los cuales no se supo más de él, desapareció del mapa literario, hasta el día de hoy en que se alinea a una tríada con afanes disidentes. Delgado empieza su relato bien, diría que hasta muy bien, pero cuando ingresa ya al meollo, es decir, al corazón mismo del cuerpo narrativo, siguiendo la metáfora ybarriana, la caga. Luego del excelente introito, los discursos que comprenden «El foro» son monocordes y aburridos, aun por encima de la intención ideológica, y el texto se va desinflando hasta reventar en un final sin despedida, sin cerrar bien la puerta ni echarle seguro, candado o llave. Y es que trasladar un lenguaje determinado hacia un terreno pantanoso, dúctil y hechicero, sin la debida previsión y el sutil cuidado, trae sus consecuencias.
Pero, de los tres, el que se salva diría que es Rafael Inocente, narrador de punche, aunque con destilaciones ocasionalmente femeninas, lo cual abona a su favor un arrojo poco común. Los tres cuentos que aparecen en el libro deleitan por el manejo del ritmo narrativo y las pinceladas para maquillar a los personajes. No obstante, en ocasiones, se nota que el autor fuerza un poco la madeja discursiva para meter su cuchara e inclinar la balanza hacia un costado, cuando lo que se reclama de un buen texto es justamente lo contrario, la desaparición del autor. Con todo, si Inocente se afina en su labor palabrera y manda de vacaciones esa leve actitud panfletaria que a veces se cuela en sus escritos, puede llegar a ser EL narrador que tanto estamos esperando.
Por último, una coda en esta fresca jodienda: los tres autores enviaron el libro al señor Marco Aurelio Denegri, con el fin de recibir una buena crítica, pues de lo contrario no le hubieran dedicado el volumen con palabras cariñosas (o sea, encima lo sobaron). Sin embargo, se fueron de caldo porque Denegri les enrostró su opinión sincera y los aludidos (dos de ellos, por lo menos, Ybarra e Inocente) se empincharon a tal extremo que intentaron barajar el tiro por la culata, llenando de adjetivos al culturoso señor de la televisión. Ahora me pregunto, ¿qué hubiera pasado si la crítica de Denegri era favorable? La humildad es una cualidad que, al parecer, ha desaparecido en este inflamado mundillo literario.
De: el Escritorzuelo
CARLOS RENGIFO
La verdadera historia de la familia Siancas
“El es tu padre”, me dijo mamá cuando traspasamos el plástico azul que servía de puerta. Y me señaló a un hombre avejentado, casi calvo, con pocos pelos sobre las orejas. Y su mirada –vidriosa, penetrante- se posó en mí con una inocultable curiosidad. “¡Salúdalo!”, me palmeó el hombro mamá al verme rojo y atemorizado. Me acerqué y, a pesar de la semioscuridad de la casa, pude ver que se encontraba sentado en una silla mecedora, con una manta gruesa que le cubría de la cintura hasta los pies; y cuyo rostro –piel tostada- parecía tener una infinidad de años –nunca supe su edad, y aun ahora, cuando reviso los papeles del baúl de madera que él construyó, no logro esclarecer el misterio-. Estiré la mano frente a su augusta figura y él estiró la suya. Entonces, y sólo entonces, por primera y única vez en mi vida, pude sentir ese ligero temblor en mi cuerpo. La mano de ese hombre era dura, seca, de callos pronunciados y tenía cientos y cientos de rajaduras –como los surcos de la arena-. “Dile algo”, agregó mamá, mientras yo hacía esfuerzos por resistir la dureza de esa mano, con su tibio calor que parecía estar achicharrándome. “Buenos días”, le dije, despacito. “Buenos tardes”, me respondió él, y luego de pasados unos segundos –ya eran más de las doce, el sol calentaba débilmente todo ese manijo de casuchas desperdigadas en la arena- pude ver que poco a poco en ese rostro seco, de facciones toscas, se empezaba a ampliar una infinidad de surcos, de cientos de rajaduras que se expandieron más aun al estallar de su garganta una sonora carcajada: “Ja, ja, ja, ja”, resonó ésta, profunda, sincera, plena de alegría; lo que terminó por derrumbar todo temor mío a su persona. Esa sería una constante en el carácter y acciones de Abulio Siancas Sifuentes, mi padre –mi segundo padre-; hombre duro, seco, colérico a veces, pero lleno de amor y de energía. Que el cielo lo haya perdonado.
Jack james flores vega
Escritor peruano
28/12/09
LA MUERTE Y OTRAS TRAICIONES: TERRITORIO PARA ABRAZAR A LA MEMORIA DE LO FUGAZ
POR VÍCTOR VIMOS (ª)
(Texto leído el 29 de noviembre del 2009 en
“Adivino la muerte en cada paso, en cada giro que la manecilla del reloj da sobre mi piel que se marchita, adivino la muerte en la sombra que persigue a mis zapatos, en el abrazo que me cobija del abismo, adivino la muerte cuando frente al espejo, me reconozco apenas como una mancha de olvido.
Adivino la muerte y puedo oler sus pasos, mirarla como corre despavorida por entre las callejuelas de una ciudad que se hunde en la niebla, en la nicotina, en el alcohol, de una ciudad que duerme a los pies del mar, ese animal elástico que ruge renegando del alba.
Una muerte que no es delito, que no es angustia, que no es balazo ciego en busca de pieles que agujerear. Adivino la muerte que es mordida traicionera, una puñalada baja, un bolero sin acabar”.
No, la muerte no es una traición. La muerte es una vela que pacientemente espera a que nuestros pasos lleguen hacia ella, solo entonces se extingue. La verdadera traición ocurre cuando esos pasos, que deberían no desviarse del sendero predicho para sus huellas, lo hacen, y terminan extraviándose en la jungla de cemento y bullicio que conocemos como realidad.
Una realidad que ha ido restando espacios a la vida. Minimizándola de tal forma que ahora apenas es la justificación para que la memoria siga existiendo. Una memoria que nos habla por fragmentos, por señales, por escasas huellas, y que no permite ver más allá de lo que acontece.
Pero no todo está perdido. Para eso queda la palabra. Esa ánima eterna que dibuja formas, rostros y sueños, y que mediante ellos, nos induce a la locura, al amor, al llanto, a la traición y a la misma muerte.
Nada fácil entonces la labor de un escritor, que como en el caso de Fernando Carrasco, propone una lectura desde los márgenes de la vida: esos momentos eternos en la fugacidad, en los que se puede encontrar el hueso del alma adherido al miedo de morir.
Nueve historias que como punto de inicio tienen la incertidumbre, y como punto de unión la muerte, aun cuando esta no se presente en ninguna parte del texto, se encuentra ahí, en forma de melancolía, de tristeza, de bochorno, de traición.
Nada más duro que la mentira para disimular la muerte. Es decir, que no es fácil ponerse una máscara y salir a fingir que estamos vivos, mientras dentro, en la casa que es el cuerpo, la locura crece. Nada más duro que ser un personaje de Carrasco, atado a esta mentira, a esta traición que es la vida, y envuelto en el desenfreno de una ciudad como Lima, esa especie de pradera de llanto, en donde se riegan uno a uno los acontecimientos que relata el libro.
Un escenario urbano en el que la mejor manera de probarse que se sigue vivo, es tentar a la muerte. Tentarla ocultando verdades, posesionándose de voces que transitan entre el espectro y la certidumbre, creando personajes que no tienen un límite en cuanto a la desdicha que llueve dentro de ellos. El lector, ese personaje moderno por antonomasia, encontrará en este lago de incertidumbre, una posibilidad para reflexionar sobre la manía de la vida por morderse su propia cola, esa sensación de abandono que a todos nos envuelve alguna vez.
Punto característico en la obra de Fernando Carrasco constituyen las notas de la rockola que escapan de cualquier portal, sin importar la hora que sea, para deshacer el instinto del lector. Así, escuchamos un son que sacude a quien está a punto de volar, un canto de drama que cobija a un torero que rememora la vida, a las puertas de su muerte, un bolero que muerde las barbas de un Cristo que sin necesidad de cruz, camina exhibiendo sus llagas, una cumbia que envuelve el juego de barajas, la mala suerte, el odio.
Puestos frente a la construcción de
Buen viento para la labor literaria de Fernando Carrasco, que en este libro
(ª) Poeta y periodista ecuatoriano

